Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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De ser resuelta afirmativamente, no había día que perder. Durante un mes-como máximun-la navegación sería posible en aquella porción de la mar comprendida entre los paralelos 86 y 70, es decir, hasta las latitudes ordinariamente limitadas por el banco de hielo. Más allá, tal vez, tendríamos la probabilidad de encontrar algún ballenero acabando la tarea de la pesca, o ¿quién sabe? un barco inglés, francés o americano, terminando una campaña de exploración en los límites del Océano Austral. Terminada la primera quincena de Marzo, en aquellos parajes no había ni pescadores ni navegantes, y sería preciso abandonar toda esperanza de ser recogidos.

En primer lugar, nos preguntamos si no sería preferible invernar allí, como lo hubiéramos hecho a no llegar William Guy, instalándonos por los siete u ocho meses de invierno en aquella región, que no tardaría en ser invadida por espesas tinieblas y excesivos fríos; y al comenzar el verano, cuando la mar estuviera libre, la embarcación se dirigiría hacia el Océano Pacífico, y tendríamos tiempo de franquear las mil millas que de él nos separaba. ¿No era éste acto de prudencia y cordura?




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