Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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Llegado el estío, nacen verdes musgos, líquenes grises, diversas plantas fanerógamas, fuertes y sólidas saxifragas. Un solo árbol vegeta allí, una especie de berza de un gusto agrio, que inútilmente se buscaría en otros países. Existen allí los terrenos que convienen en sus rookerys a los pájaros bobos, y otros, cuyas bandadas innumerables pueblan estos parajes. Vestidos de amarillo y blanco, la cabeza hacia atrás y con sus alas que figuran las mangas de un traje, estos estúpidos volátiles parecen desde lejos una fila de monjes en procesión a lo largo de las playas. Las Kerguelen poseen además otros representantes del reino animal. Ofrecen múltiples refugios a los bueyes marinos, a las focas, a los elefantes de mar. La caza y la pesca de estos anfibios son bastante fructuosas para alimentar relativo comercio y atraer algunos navíos.

El día en que está historia empieza, paseábame yo por el puerto, cuando el posadero se acerco a mí y me dijo:

-Si no me engaño, el tiempo empieza a parecerle a usted largo, señor Jeorling.

Era el tal un robusto y alto americano, instalado hacia quince años en Christmas-Harbour y dueño de la única posada del puerto.

-Largo, en efecto, le respondería a usted, Atkins, si no le mortificase a usted mi respuesta.


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