Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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Este estado de cosas duró hasta la mañana, sin que pudiéramos darnos cabal cuenta de lo que sucedía. A las diez la bruma comenzó a desvanecerse en las zonas bajas. El litoral del Oeste reapareció. Un litoral de rocas, sin lontananza de montañas. Y entonces, a un cuarto de milla, dibujóse una masa que dominaba la planicie en una extensión de 50 toesas sobre una circunferencia de 200 a 300. Por su extraña forma, aquel macizo parecía un enorme esfinge, con el torso erguido, las patas extendidas, acurrucado, en la actitud del monstruo alado que la mitología griega ha colocado en el camino de Tebas.

¿Era un animal vivo, un monstruo gigantesco, un mastodonte de dimensiones mil veces superiores a las de esos enormes elefantes de las regiones polares cuyos restos se encuentran aun? En la disposición de espíritu en que nos hallábamos se hubiera podido creer así, y creer también que el mastodonte iba a precipitarse sobre nuestra embarcación y a triturarla entre sus garras.

Pasado el primer momento de inquietud, poco razonada y poco razonable, reconocimos que allí no había más que un macizo de conformación singular, cuya cabeza acababa de quedar libre de las brumas.


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