Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Dejando a la Paracuta al cuidado de dos hombres, subimos al interior a fin de extender nuestras pesquisas. Nos aproximamos al macizo, ahora ya libre de brumas, y cuya forma se mostraba con mayor vigor. Era, lo he dicho, una especie de esfinge de color fuliginoso, como si la materia de que estaba compuesto hubiera sido oxidada por las largas intemperies del clima polar.
Y entonces...
En mi cerebro surgió una hipótesis..., una hipótesis que explicaba aquellos asombrosos fenómenos.
-¡Ah!-exclamé.-¡Un imán!... ¡Allí hay un imán dotado de una fuerza de atracción prodigiosa!
Fui comprendido, y en un instante la última catástrofe, de la que Hearne y sus cómplices habían sido víctimas, se iluminó con claridad terrible. El macizo era un imán colosal. Bajo su influencia, las ligaduras de hierro de la canoa de la Halbrane habían sido arrancadas y proyectadas, como impelidas por el resorte de una catapulta.
El era el que había atraído con irresistible fuerza todos los objetos de la Paracuta. Y nuestra embarcación hubiera corrido la suerte de las otras si en su construcción se hubiera empleado un solo pedazo de aquel metal.
¿Era la proximidad del polo magnético lo que producía aquellos efectos?