Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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Después de haber dado la vuelta a la pata derecha del monstruo, vimos a Dirk Peters arrodillado, con las manos extendidas ante un cuerpo, o mejor un esqueleto revestido de piel, que el frío de aquellas regiones había conservado intacto y que conservaba rigidez cadavérica. Tenía la cabeza inclinada, barba blanca que le caía hasta la cintura, manos y pies con uñas largas como garras.

¿Por qué este cuerpo estaba adherido al flanco del macizo a dos toesas sobre el suelo?

Atravesado sobre la espalda, y sostenido por una correa, vimos el cañón de un fusil medio oxidado.

-¡Pym! ¡Mi pobre Pym!-repetía Dirk Peters con desgarradora voz.

Y procuró levantarse para aproximarse y besar los osificados restos de su pobre Pym...

Dobláronse sus rodillas... Un sollozo le oprimió la garganta..., un espasmo hizo estallar su corazón, y cayó de espaldas... muerto.

Resultaba, pues, que desde su separación, la canoa había arrastrado a Arthur Pym al través de las regiones de la Antártida.


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