Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Afortunadamente había carne en conserva para algunas semanas, tres sacos de galleta y dos barriles de ginebra intactos. El agua dulce nos la procuraban los témpanos fundidos.
Durante ocho días, hasta el 2 de Abril, la Paracuta debió aventurarse entre las cimas del banco de hielo, cuya cresta se perfilaba a una altura comprendida entre setecientos y ochocientos pies sobre el nivel del mar. No se podían ver sus extremidades ni al Poniente ni al Levante, y si nuestra canoa no encontraba un paso libre, no conseguiríamos franquearle. Gracias a la más dichosa de las casualidades, se encontró el paso y seguimos por él en medio de los mayores peligros.
¡Sí! Hubo necesidad de todo el celo, de todo el valor, de toda la habilidad de nuestros hombres y de sus jefes para salir airosos en el empeño. A los dos capitanes Len y William Guy, al lugarteniente Jem West y al contramaestre debemos gratitud eterna.
Estábamos al fin sobre las aguas del Sur-Pacífico. Pero durante la larga y penosa travesía nuestra embarcación había sufrido mucho. Usado su calafateo y amenazando separarse sus tablones, hacía agua por más de una costura. Se la vaciaba sin cesar, pero embarcaba mucha agua.