Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos ¡Nunca quizá travesía alguna ha tenido un comienzo más feliz! Y por una suerte inesperada, en vez de que la incomprensible negativa del capitán Len Guy me hubiera dejado por algunas semanas en Christmas-Harbour, una agradable brisa me arrastraba lejos, sobre una mar apenas agitada, con velocidad de nueve millas por hora. El interior de la Halbrane respondía al exterior. Buen aspecto, la limpieza minuciosa de una queche holandesa, lo mismo en el rouf que en el puesto de la tripulación. A babor se encontraba el camarote del capitán Len Guy, el que, por una vidriera que se bajaba, podía vigilar el puente, y, en caso necesario, transmitir sus órdenes a los hombres del cuarto, colocados entre el palo mayor y el de mesana.
A estribor, disposición idéntica para el camarote del lugarteniente. Ambos tenían una cama estrecha, un armario de mediana capacidad, un sillón de paja, una mesa enclavada en el suelo, una lámpara, diversos instrumentos náuticos, barómetro, termómetro, reloj marino, sextante encerrado en una caja de madera, y que no salía sino en el momento en que el capitán se disponía a tomar la altura. Otros dos camarotes estaban en la popa, cuya parte media servía de comedor, con mesa en el centro, entre bancos de madera con respaldos movibles.