Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Uno de estos camarotes habÃa sido preparado para mÃ. RecibÃa luz por dos vidrieras que se abrÃan, la una sobre la parte lateral y la otra sobre popa. En este sitio el timonel estaba en pie ante la rueda, por encima de la cual pasaba el guÃa de la cangreja, el que se prolongaba varios pies. Mi gabinete medÃa ocho pies por cinco. Acostumbrado a las exigencias de la navegación, no me hacÃa falta más como espacio, ni como mobiliario: una mesa, un armario, un sillón de caña, un aguamanil con pie de hierro y un catre, cuyo delgado colchón hubiera, sin duda, provocado algunas quejas en un pasajero menos acomodaticio. Por otra parte, no se trataba más que de una travesÃa relativamente corta, puesto que la Halbrane me desembarcarÃa en Tristán de Acunha. Entré, pues, en posesión del camarote mencionado, que no debÃa ocupar más que durante cuatro o cinco semanas.
Sobre la proa del palo de mesana, bastante reducido del centro, lo que alargaba el galón del trinquete, estaba amarrada la cocina por medio de sólidos cabos. Más allá se alzaba la chupeta, con gruesa tela encerada, que por una escala daba acceso al puesto y al entrepuente. En el mal tiempo cerrábase herméticamente la chupeta, y el puesto quedaba al abrigo de los envites del mar.