Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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Habiendo abandonado está escuela por la Academia de M. E. Bonald, entabló relaciones con el hijo de un capitán de navío, Augusto Barnard, que contaba dos años más que él. Este joven había ya acompañado a su padre a bordo de un ballenero por los mares del Sur, y no cesaba de inflamar la imaginación de Arthur Pym con la relación del viaje. De la intimidad de los dos jóvenes nació la irresistible vocación de Arthur Pym por los viajes de aventuras, y aquel instinto que le atraía más especialmente hacia las altas zonas del antártico.

La primera calaverada de Augusto Barnard y de Arthur Pym fue una excursión a bordo de un pequeño sloop, el Ariel, canoa de medio puente que pertenecía a la familia del último. Una tarde, ambos con un tiempo frío del mes de Octubre, embarcáronse furtivamente, izaron el foque y la gran vela, y se lanzaron a alta mar con una fresca brisa del Suroeste.

Sobrevino una violenta tempestad cuando, ayudado por la marea, el Ariel había ya perdido de vista la tierra. Los dos

imprudentes estaban ebrios de entusiasmo. Nadie en el timón, ni un rizo en la tela. Así es que al golpe del vendaval, la arboladura de la canoa fue arrastrada. Un poco después apareció un gran navío, que pasó sobre el Ariel, como éste hubiera pasado sobre una pluma flotante.


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