Familia sin nombre

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La comida se sirvió con abundancia, pero con modestia, y en las condiciones en que se servía en aquella época, lo mismo en las más humildes que en las más ricas moradas canadienses. Se componía de peces del río, de caza de los vecinos bosques, de legumbres y de frutas cogidas en el huerto de la villa.

En la mesa no se trató del desconocido, esperado con tanta impaciencia, pues la prudencia aconsejaba no hablar de tales cosas delante de los criados, por más que éstos eran fieles servidores y estaban desde hacía mucho tiempo al servicio de la familia Vaudreuil.

Después de comer, Clary, atraída por la suavidad de la temperatura y la hermosura de la tarde, se sentó debajo de la marquesina.

El San Lorenzo acariciaba los primeros escalones del terrado, bañándolos con sus aguas, que la quietud del aire inmovilizaba en la sombra. El señor de Vaudreuil y sus amigos fumaban paseándose por delante de la barandilla, y apenas si cambiaban alguna que otra palabra en voz baja.

Eran algo más de las siete; la noche empezaba a oscurecer el valle, y mientras que el largo crepúsculo se retiraba hacia el Oeste, las estrellas aparecían poco a poco en la opuesta zona.


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