Familia sin nombre
Familia sin nombre Es cuanto a Pedro Harcher y a sus hermanos, Remigio, Miguel, Tony y Santiago, en la época en que el frÃo les obligaba a abandonar la pesca, venÃan a pasar el invierno al cortijo y se dedicaban a la caza de pieles. Se les citaba entre los más intrépidos squatters, los más infatigables corredores de bosques, y vendÃan pieles más o menos preciosas en los mercados de Montreal y de Quebec. En aquellos tiempos, los osos negros, los linces, los gatos silvestres, las martas, los carcajúes, los bisontes, las zorras, los castores, los armiños, las nutrias y las ratas de almizcle no habÃan emigrado todavÃa a las comarcas del Norte, y se ganaba mucho con el comercio de peleterÃa cuando no habÃa necesidad de ir a buscar fortuna hasta las lejanas orillas de la bahÃa de Hudson.
Se comprende que para albergar esa familia de padres, hijos y nietos, un cuartel no hubiera sobrado; y era, en efecto, un verdadero cuartel el edificio que dominaba con sus dos pisos las dependencias del cortijo de Chipogán. Se reservaban, además, algunas habitaciones para los huéspedes que de vez en cuando visitaban a Tomás Harcher, amigos del mismo condado, arrendadores de los cortijos cercanos al suyo, viajeros, es decir, marineros de esos que dirigen los trenes de maderas por los afluentes del rÃo; y, en fin, el departamento reservado exclusivamente al señor de Vaudreuil y a su hija cuando venÃan a visitar a la familia de su arrendador.