Familia sin nombre

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El 23 de Octubre se reunió una asamblea en San Carlos, el mismo pueblo en que Juan Sin Nombre se refugió en casa de su madre y que iba a ser el teatro de acontecimientos tristemente célebres. Los seis condados de Richelieu, de San Jacinto, de Rouville, de Chambly, de Verchères y de Acadia; enviaron sus representantes. Trece diputados debían hablar, y entre ellos Papineau, entonces en el apogeo de su popularidad. Más de seis mil personas, hombres, mujeres, niños, acudieron de diez leguas en redondo y acamparon en medio de una vasta pradera perteneciente al doctor Duvert, alrededor de una columna rematada en un gorro frigio; y para que no se dudase de que el elemento militar hacía causa común con el elemento civil, una compañía de milicianos agitaba sus armas al pie de dicha columna.

Papineau pronunció, después de algunos otros oradores más fogosos que él, un discurso, que pareció acaso demasiado moderado, aconsejando mantenerse en el terreno de la agitación constitucional. El doctor Nelson, presidente de la Asamblea, le respondió en medio de frenéticas aclamaciones, diciendo… «que había llegado el tiempo de fundir las cucharas para hacer balas». El doctor Cote, representante de la Acadia, apoyó a su colega con estas enérgicas y excitantes palabras:

—¡Ha pasado ya el tiempo de los discursos! ¡Plomo es lo que ahora precisa enviar a nuestros enemigos!


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