Familia sin nombre

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II

SAN DIONISIO Y SAN CARLOS

No estaba lejano el día en que estallara la revolución, pues ambos partidos se hallaban ya, puede decirse, frente a frente. Pero ¿cuál sería el teatro de la lucha? Sin duda los condados limítrofes al de Montreal, en los que la efervescencia tomaba proporciones muy inquietantes para el Gobierno, sobre todo en los de Verchères y San Jacinto. Se hablaba muy particularmente de dos de las más ricas parroquias bañadas por el Richelieu y situadas a pocas leguas una de otra: San Dionisio, en donde los reformistas habían concentrado sus fuerzas, y San Carlos, en la que Juan, vuelto a Casa Cerrada, se preparaba a dar la señal del alzamiento.

El Gobernador general había tomado todas las medidas que exigían las circunstancias, y por lo tanto los revolucionarios no podían contar con sorprenderle en su palacio para aprisionarle y sustituir con la autoridad popular la de la Metrópoli. En previsión de que el ataque se iniciara por los partidarios de la dominación inglesa, los defensores de la independencia canadiense se acantonaron en unas posiciones en que la resistencia podía organizarse en mejores condiciones, y todos sus esfuerzos tenderían a pasar de la defensa al ataque.


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