Familia sin nombre

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Pero era demasiado cierto que por donde pudo pasar libremente Bridget, Juan se hubiera visto imposibilitado de hacerlo. Al encontrarse con las patrullas, no hubiera tenido más remedio que salir de la carretera, dirigiéndose a San Dionisio por algún atajo, siéndole imposible volver a Casa Cerrada antes de que fuera completamente de día. Y si algún piquete de caballería la hubiese detenido, y tal vez conocido, ya sabemos cual sería la sentencia que para él habían de dictar los tribunales de Montreal.

A las once y media de la noche, Bridget llegó a la margen del Richelieu.

La casa del juez señor Froment, que ella conocía bien, estaba situada en aquella orilla, en las afueras de San Dionisio, no teniendo, por consiguiente, que atravesar el río; le bastaba, pues, seguir la ribera durante un cuarto de milla para llegar delante de la puerta de la mencionada casa.

El sitio que recorría estaba completamente desierto, y un profundo silencio reinaba en el valle.

A lo lejos, alguna que otra luz brillaba en las ventanas de las primeras casas del pueblo, entregados sus moradores al reposo, que no turbaba ningún rumor.

A una anciana, ¿por qué no habrían de dejarla pasar los soldados?.

Acaso la noticia de la derrota de San Carlos no había llegado todavía a San Dionisio.


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