Familia sin nombre
Familia sin nombre BRIDGET MORGAZ
Otros dos golpes no menos terribles iban a herir al partido nacional y sembrar el desaliento entre los últimos defensores del campamento da la isla de Navy; y en verdad que era de temer que la desesperación se apoderase de los reformistas, ante los escollos que la mala fortuna sembraba a su paso.
En primer lugar, la ley marcial, que fue proclamada en el distrito de Montreal, hacía casi imposible toda comunicación entre las diferentes parroquias del San Lorenzo; además, el clero canadiense, sin abandonar sus esperanzas para el porvenir, predicaba la sumisión. El triunfo de la causa nacional no podía tampoco ser completo sin la ayuda de los Estados Unidos; y como no fuera por parte de los fronterizos, parecía que esa alianza no llegaría a ser efectiva. El Gobierno federal buscaba siempre nuevas disculpas para no apoyar abiertamente a sus vecinos de origen francés. Muchas demostraciones de simpatía, sí; pero nada más. Algunos canadienses también, aun cuando protestaban en contra de los abusos de los gobernantes, trabajaban para apaciguar los espíritus.
Resultaba de aquel estado de cosas, que los patriotas militantes, en el último mes del año 1837 llegaban apenas a un millar de hombres dispersos por el país, y, por lo tanto, en vez de una revolución, la historia no podría mencionar sino actos de rebeldía.
