Frritt-Flacc
Frritt-Flacc ¡Fritt…! ¡Flacc…! Y luego: ¡froc…!, ¡froc…!, ¡froc…!
A la ráfaga se le han unido esta vez tres aldabonazos, aplicados por una mano más decidida. El doctor dormÃa. Finalmente se despertó…, ¡pero de qué humor! Al abrir la ventana, el huracán penetró como un saco de metralla.
—Es por el hornero…
—¿Aún ese miserable?
—¡Soy su madre!
—¡Que la madre, la mujer y la hija revienten con él!
—Ha sufrido un ataque…
—¡Pues que se defienda!
—Nos han enviado algún dinero —señaló la vieja—. Un adelanto sobre la venta de la casa de Dontrup, la de la calle Messagliere. ¡Si usted no acude, mi nieta no tendrá padre, mi hija no tendrá esposo y yo no tendré hijo…!
Era a la vez conmovedora y terrible oÃr la voz de aquella anciana, al pensar que el viento helaba la sangre en sus venas y que la lluvia calaba sus huesos.
—¡Un ataque cuesta doscientos fretzers! —respondió el desalmado Trifulgas.
—¡Sólo tenemos ciento veinte!
—¡Buenas noches!
