Frritt-Flacc
Frritt-Flacc ¡Que tiempo de Frritts y de Flaccs! Las campanas de Saint Philfilene se han puesto en movimiento a impulsos de la borrasca. Mala señal. ¡Bah! El doctor Trifulgas no es supersticioso. No cree en nada, ni siquiera en su ciencia, excepto en lo que le produce.
¡Qué tiempo! Pero también, ¡qué camino! Guijarros y escorias; guijarros, despojos arrojados por el mar sobre la playa, escorias que crepitan como los residuos de las hullas en los hornos. Ninguna otra luz más que la vaga y vacilante de la linterna del perro Hurzof. A veces la erupción en llamas del Vanglor, en medio de las cuales parecen retorcerse extravagantes siluetas. No se sabe que hay en el fondo de esos insondables cráteres. Tal vez las almas del mundo subterráneo que se volatilizan al salir.
El doctor y la vieja siguen el contorno de las pequeñas bahÃas del litoral.
El mar esta teñido de un blanco lÃvido, blanco de duelo, y chispea al atacar la lÃnea fosforescente de la resaca, que parece verter gusanos de luz al extenderse sobre la playa.
Ambos suben asà hasta el recodo del camino, entre las dunas, cuyas atochas y juncos entrechocan con ruido de bayonetas.
El perro se aproximó a su amo y parecÃa querer decirle:
