Keraban el testarudo
Keraban el testarudo EN EL QUE LOS CABALLOS DEL CARRUAJE HACEN, IMPULSADOS POR EL MIEDO, LO QUE NO HA CONSEGUIDO EL LATIGO DEL POSTILLÓN
Eran las diez de la noche, y Kerabán, Van Mitten y Bruno, despuĂ©s de una comida suministrada con las provisiones encerradas en los cofres, se paseaban fumando, desde hacĂa media hora, por el largo y estrecho sendero, cuyo suelo no cedĂa bajo sus pies.
—Supongo —dijo Van Mitten—, amigo Kerabán, que no tenéis que hacer ninguna objeción a que durmamos hasta el momento en que traigan los caballos.
—Ninguna —respondiĂł Kerabán, no sin haber reflexionado antes de dar esta respuesta, algo extraordinaria por parte de un hombre que siempre tenĂa algo que objetar.
—Creo que no tendremos nada que temer en medio de este llano completamente desierto —añadió el holandés.
—Creo lo mismo.
—¿No tenemos que temer ningún ataque?
—Ninguno.
—¡A no ser el de los mosquitos! —respondiĂł Bruno, que acababa de propinarse un formidable bofetĂłn sobre la frente para aplastar media docena de aquellos importunos dĂpteros.
