Keraban el testarudo
Keraban el testarudo —¿Por ventura tenemos tiempo?
—Escuchadme, amigo Kerabán. Una vez en Scutari, después de haber dado la vuelta al mar Negro, ¿qué haréis?
—¿Yo…? Pues bien, yo… yo…
—¿No iréis a fijaros en Scutari, supongo, sin volver a Constantinopla, donde está vuestra casa de comercio?
—No… —balbuceó Kerabán.
—Pero, tÃo —observó Ahmet—, por poco que os obstinéis en no pasar el Bósforo, nuestro matrimonio…
—¡Amigo Selim, nada más sencillo! —respondió Kerabán aludiendo a la primera cuestión, que no dejaba de preocuparle—. ¿Qué os impide venir a Scutari con Amasia? Os costará diez paras por persona, por atravesar el Bósforo, pero vuestro honor no está comprometido como el mÃo en ese asunto.
—¡SÃ, sÃ! ¡Venid a Scutari por un mes! —exclamó Asmet—. Nos aguardaréis allÃ, querida Amasia; que nosotros haremos porque no aguardéis mucho.
—¡Sea; id a Scutari! —respondió Selim—. Allà celebramos el matrimonio. Pero, amigo Kerabán, una vez terminada la boda, ¿no volveréis a Constantinopla?
—¡Volveré, cierto; volveré! —exclamó Kerabán.
—¿Y cómo?