Keraban el testarudo
Keraban el testarudo En menos de una hora la compra quedó hecha, y a buen precio. ¡Poco importaba! Kerabán hubiese pagado el doble. Las dos bestias, enjaezadas bien o mal, fueron enganchadas al carruaje, y bajo la promesa de una buena propina, el expropietario, transformado en postillón, se subió delante de la giba de uno de los dos rumiantes. Después, el carruaje, con gran sorpresa por parte de la población de Arabat, pero con gran satisfacción de los viajeros, descendió el camino de Kerch, al trote largo de su extraño tiro.
Por la noche llegaban sin novedad al pueblo de Argin, a doce leguas de Arabat.
Tampoco había caballos de relevo, siempre alquilados por aquel señor Saffar. Fue necesario resignarse a dormir en Argin a fin de dar algún descanso a los dromedarios.
A la mañana siguiente, 3 de setiembre, el carruaje volvía a partir en las mismas condiciones, franqueando durante el día la distancia que separa Argin de Marienthal, o sea diecisiete leguas; pasaron allí la noche, y al anochecer volvieron a partir, y por la tarde, y después de un trayecto de doce leguas sin ningún accidente, llegaban a Kerch, pero no sin rudas sacudidas, debidas a los tirones de aquellas robustas bestias, poco acostumbradas a semejante clase de servicio.