Keraban el testarudo
Keraban el testarudo EN EL QUE BRUNO HACE A SU CAMARADA NIZIB UNA MALA JUGADA, QUE EL LECTOR PERDONARÁ
Una casa de madera dividida en dos habitaciones con ventanas que daban al mar, una torre también de madera, alta como de sesenta pies, soportando un aparato de catóptrica, es decir, una linterna de reflectores, tal era el faro de Atina y sus dependencias. Nada más rudimentario.
Pero, tal como era, esta luz prestaba grandes servicios a la navegación en medio de aquellos parajes. Su construcción no databa más que de algunos años. Así, antes que los peligrosos pasos del pequeño puerto de Atina que se extiende más al Oeste se abriesen, ¡cuántas embarcaciones habían fondeado en aquella especie de saco del continente asiático! Bajo el impulso de las brisas del Norte y del Oeste, un barco de vapor apenas puede navegar, a pesar de los esfuerzos de la máquina.
Dos guardianes se instalaron continuamente en la caseta de madera construida al pie del faro: su primera habitación les servía de sala común; una segunda contenía los dos catres, que no ocupaban jamás los dos, estando uno de ellos de guardia cada noche, tanto para el cuidado de la luz como para el servicio de señales, cuando alguna embarcación se aventuraba sin piloto en los pasos de Atina.

