Keraban el testarudo

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CAPÍTULO IV

EN EL CUAL TODO SUCEDE ENTRE EL RESPLANDOR DEL RAYO Y EL FULGOR DE LOS RELÁMPAGOS

Todos se habían levantado, y acercándose precipitadamente a las ventanas, miraban al mar, cuyas olas, pulverizadas por el viento, atacaban con una violenta lluvia la caseta del faro. La oscuridad era profunda, y hubiese sido imposible ver nada, ni aun a algunos pasos, si grandes relámpagos no hubiesen iluminado el espacio.

Durante uno de estos relámpagos, Ahmet señaló un punto que se movía, y que aparecía y desaparecía en el horizonte.

—¿Una embarcación? —exclamó.

—Y si es una embarcación, ¿habrá disparado el cañonazo? —añadió Kerabán.

—Voy a subir al faro —dijo uno de los guardas, dirigiéndose hacia la escalera interior, situada en un ángulo de la habitación.

—Os acompaño —respondió Ahmet.

Mientras tanto, Kerabán, Van Mitten, Bruno, Nizib y el segundo guarda, a pesar de la borrasca, se situaban al lado de las ventanas rotas. Ahmet y su compañero subieron prontamente al nivel del techo, a la plataforma que servía de base a la torre. Desde allí, entre las vigas y los travesaños, se destacaba una escalera al descubierto, cuyos peldaños se adaptaban a la parte superior del faro, soportando el aparato de iluminación.


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