Keraban el testarudo
Keraban el testarudo EN EL QUE KERABÁN SE SORPRENDE VERDADERAMENTE AL ENCONTRARSE CON SU AMIGO VAN MITTEN
Kerabán, valiéndonos de una expresión moderna, era un «hombre de apariencias» tanto en lo físico como en lo moral; representaba cuarenta años; por su fisonomía, y cincuenta, lo menos, por su corpulencia; aunque, en realidad, no tenía más que cuarenta y cinco; su rostro, rodeado de una barba gris algo corta y abierta, respiraba inteligencia, reflejándose ésta sobre todo en sus ojos, cuya mirada, incisiva y penetrante, era tan sensible a las más fugitivas impresiones como pudiera serlo el platillo de una balanza de precisión, apreciando las diferencias de la décima parte de un adarme; nariz encorvada, aunque sin exageración; sus apretados labios dejaban ver al entreabrirse dos hileras de dientes, cuya blancura envidiaría el marfil; en su alta y espaciosa frente, y entre las dos cejas, negras como el azabache, se dibujaba una arruga vertical, verdadero signo de obcecación del que la sustentaba. Diremos, para concluir, que el aspecto general del personaje en cuestión era tan original, tan majestuoso, y, por decirlo así, tan personal y fuera de lo común, que bastaba verle una sola vez para no olvidarle jamás.
