Keraban el testarudo

Keraban el testarudo

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CAPÃTULO VII

EN EL CUAL EL JUEZ DE TREBISONDA PROCEDE A LA INFORMACIÓN, DE UNA MANERA BASTANTE INGENIOSA

En efecto, Kerabán y sus compañeros, después de haber dejado la araba y sus monturas en las cuadras exteriores, acababan de entrar en la posada. Kidros los acompañaba, no economizando sus más expresivas cortesías, y depositó en un rincón su linterna encendida, que no proyectaba más que una sutil claridad en el interior del patio.

—Sí, señor —repetía Kidros inclinándose—, entrad. ¿Queréis entrar? Ésta es la posada de Kissar.

—¿Y no estamos más que a dos leguas de Trebisonda? —preguntó Kerabán.

—¡A dos leguas, lo más!

—Bien; que cuiden a nuestros caballos. Partiremos mañana al despuntar el día.

Después, volviéndose hacia Ahmet que conducía a Amasia a un banco, en donde se sentó con Nedjeb, dijo con tono de buen humor:

—Desde que mi sobrino ha encontrado a su novia no se ocupa más que de ella, y me veo obligado a preparar todas nuestras jornadas.

—Es muy natural, señor Kerabán. ¿De qué serviría, pues, el ser tío? —respondió Nedjeb.

—No me querréis menos por eso —dijo Ahmet sonriéndose.


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