Keraban el testarudo
Keraban el testarudo EN EL CUAL EL JUEZ DE TREBISONDA PROCEDE A LA INFORMACIÓN, DE UNA MANERA BASTANTE INGENIOSA
En efecto, Kerabán y sus compañeros, despuĂ©s de haber dejado la araba y sus monturas en las cuadras exteriores, acababan de entrar en la posada. Kidros los acompañaba, no economizando sus más expresivas cortesĂas, y depositĂł en un rincĂłn su linterna encendida, que no proyectaba más que una sutil claridad en el interior del patio.
—SĂ, señor —repetĂa Kidros inclinándose—, entrad. ÂżQuerĂ©is entrar? Ésta es la posada de Kissar.
—¿Y no estamos más que a dos leguas de Trebisonda? —preguntó Kerabán.
—¡A dos leguas, lo más!
—Bien; que cuiden a nuestros caballos. Partiremos mañana al despuntar el dĂa.
DespuĂ©s, volviĂ©ndose hacia Ahmet que conducĂa a Amasia a un banco, en donde se sentĂł con Nedjeb, dijo con tono de buen humor:
—Desde que mi sobrino ha encontrado a su novia no se ocupa más que de ella, y me veo obligado a preparar todas nuestras jornadas.
—Es muy natural, señor Kerabán. ÂżDe quĂ© servirĂa, pues, el ser tĂo? —respondiĂł Nedjeb.
—No me querréis menos por eso —dijo Ahmet sonriéndose.