Keraban el testarudo

Keraban el testarudo

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CAPĂŤTULO VIII

QUE CONCLUYE DE UNA MANERA INESPERADA, SOBRE TODO PARA EL AMIGO VAN MITTEN

Mientras se efectuaba aquella prueba. Kerabán había llamado aparte a su amigo Van Mitten y a su sobrino Ahmet. He aquí el final del diálogo que cambiaba entre ellos (diálogo en el que el incorregible Kerabán, olvidando su propósito de no obstinarse más, iba a exponer otra vez su manera de ver y hacer).

—¡Eh, amigos —dijo—, ese brujo me parece sencillamente un gran imbécil!

—¿Por qué? —preguntó el holandés.

—Porque, ¿quién impide al culpable, o a los culpables, fingir que acarician a la cabra, que le pasan la mano sobre el lomo, sin tocarla? Por lo menos ese juez hubiera debido hacerlo a plena luz, a fin de impedir toda superchería. Pero en la sombra, es absurdo.

—En efecto —dijo Van Mitten.

—Así voy a hacerlo —repuso Kerabán—, y os sugiero que sigáis mi ejemplo.

—Pero, tío —repuso Ahmet—, que se le acaricie o no, bien sabéis que el animal balará tanto a los inocentes como a los culpables.

—Evidentemente, Ahmet; pero, puesto que ese buen juez es bastante simple para obrar de esa suerte, pretendo ser menos simple que él, y no tocar ese animal. Y os ruego que tampoco lo toquéis vosotros.

—¡Pero, tío…!


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