Keraban el testarudo

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CAPÍTULO X

DURANTE EL CUAL LOS HÉROES DE ESTA HISTORIA NO PIERDEN NI UN DÍA NI UNA HORA

A la mañana siguiente, 18 de setiembre, en el momento en que el sol comenzaba a iluminar con sus primeros rayos los más altos minaretes de la ciudad, una pequeña caravana salía por una de las puertas de la muralla y daba un último adiós a la poética Trebisonda.

Aquella caravana, en ruta para las orillas del Bósforo, seguía los caminos del litoral bajo la dirección de un guía, del que Kerabán había voluntariamente aceptado los servicios.

Este guía, en efecto, debía conocer perfectamente aquella porción septentrional de Anatolia; era uno de esos nómadas a quienes en el país se da un nombre equivalente a «holgazán».

Se ha designado con este nombre a algunos leñadores que recorren los bosques de aquella parte de Anatolia y del Asia Menor en donde crece el nogal. En aquellos árboles se desarrollan nudos o excrecencias naturales, de una notoria dureza, cuya madera, por ser la que mejor se presta a todas las exigencias del ebanista, es muy solicitada.

Aquel «holgazán», habiendo sabido que los extranjeros iban a abandonar Trebisonda para partir hacia Scutari, había acudido la víspera a ofrecerles sus servicios. Parecía inteligente, muy práctico por aquellos caminos, en los que conocía todos sus múltiples enredos.


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