Keraban el testarudo
Keraban el testarudo EN EL CUAL KERABÁN CEDE A LA OPINIÓN DEL GUÍA, CONTRA LA DE SU SOBRINO AHMET
Un efecto, he aquí una proposición hecha por el guía, y cuya oportunidad merecía ser tomada en consideración.
¿Qué distancia separaba todavía a los viajeros de las alturas de Scutari? Cerca de unas sesenta leguas. ¿Cuánto tiempo quedaba para franquearlas? Cuarenta y ocho horas. Era poco, si los tiros de los carruajes se negaban a marchar durante la noche.
Pues bien, abandonando un camino que las sinuosidades de la costa alargan sensiblemente, arrojándose a través de aquel ángulo extremo de Anatolia comprendido entre las orillas del mar Negro y las del mar de Mármara; en una palabra, yendo por el camino más corto, podía abreviarse el itinerario lo menos una docena de leguas.
—He aquí, pues, señor Kerabán, el proyecto que os propongo —dijo el guía con aquel tono tan frío que le caracterizaba—; y añadiré que casi es necesario que lo aceptéis.
—Pero ¿los caminos del litoral no son más seguros que los del interior? —preguntó Kerabán.
—Tanto peligro hay que franquear en el interior como en las costas —respondió el guía.
—¿Y conocéis bien esos caminos que nos proponéis tomar? —repuso Kerabán.
