Keraban el testarudo
Keraban el testarudo EN EL QUE SE CUENTAN ALGUNAS FRASES CAMBIADAS ENTRE LA NOBLE SARABUL Y SU PROMETIDO
Cuando Ahmet se reunió a sus compañeros, se habían tomado convenientemente las últimas disposiciones; primeramente para comer, y después para dormir.
La alcoba, o, mejor dicho, el dormitorio común, era la caverna, alta, espaciosa, con vueltas y recodos, en donde cada uno podría colocarse a medida de sus deseos. El comedor era la parte llana del campamento, donde rocas derrumbadas y fragmentos de piedras podrían servir de asientos y de mesas.
Se habían sacado algunas provisiones de la carreta tirada por el asno, al que se contaba en el número de los convidados, siendo invitado especialmente por su amigo Kerabán. Un poco de forraje, del que se había hecho acopio, le aseguraba suficiente parte del festín, y rebuznaba de satisfacción.
—Comamos —exclamó Kerabán alegremente—; comamos, amigos míos; comamos y bebamos a nuestro gusto. Así sería menos lo que tenga que llevar a Scutari ese bravo asno.
Es inútil decir que, para aquella comida al aire libre, en medio de aquel campamento iluminado por algunas resinosas antorchas, cada uno se había colocado a su gusto. En medio, Kerabán dominaba sobre una roca, verdadera butaca de honor de aquella reunión.

