Keraban el testarudo
Keraban el testarudo EN EL CUAL VAN MITTEN TRATA DE HACER COMPRENDER LA SITUACIÓN A LA NOBLE SARABUL
En uno de los más bellos lugares que pueda imaginarse, a cierta distancia de la colina sobre la que se halla edificada Scutari, estaba situada la mansión de Kerabán.
Scutari, ese arrabal asiático de Constantinopla, la antigua Crisópolis, con sus mezquitas de doradas cúpulas; toda la confusión de sus barrios, donde reside una población de cincuenta mil habitantes; su embarcadero, flotando sobre las aguas del estrecho; la inmensa cortina de cipreses de su cementerio (aquel campo de reposo preferido por los ricos musulmanes, que temen que la capital, siguiendo una leyenda, sea tomada mientras los fieles oyen sus oraciones); después, a una legua de allí, el monte Bulgurlu, que domina aquel conjunto y permite extender la vista sobre el mar de Mármara, el golfo de Nicomedia y el canal de Constantinopla: nada puede dar una idea de aquel espléndido panorama, único en el mundo, sobre el que se abrían los ventanales del rico negociante.
A aquel exterior, a aquellos jardines escalonados, a los bellos árboles, plátanos, hayas y cipreses que les daban nombre, respondía dignamente el interior de la habitación.
