La casa de vapor

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Por lo demás, el capitán Hod estaba contentísimo. El placer de arrancar al coronel Munro de su soledad, de marchar a las provincias septentrionales de la India con un tren nunca visto; la perspectiva de ejercicios ultracinegéticos y de excursiones por las regiones del Himalaya, todo le animaba, todo le excitaba y le hacía manifestar su júbilo con interjecciones interminables y apretones de mano capaces de romperle a uno los huesos.

Llegó por fin la hora de la partida: la caldera estaba en presión; la máquina dispuesta a funcionar; el maquinista en su puesto, la mano en el regulador. Lanzose el silbido reglamentario.

—¡En marcha! —exclamó el capitán Hod agitando su sombrero—. ¡Gigante de Acero, en marcha!

El Gigante de Acero merecía verdaderamente este nombre y lo tuvo en lo sucesivo.

Unas palabras sobre el personal de la expedición que completaba el segundo coche.

El maquinista Storr era el primero, inglés, perteneciente a la compañía del ferrocarril meridional de la India, cuyo servicio había dejado hacía pocos meses. Banks le conocía y sabía que era muy capaz, por lo cual se había hecho entrar al servicio del coronel Munro. Era un hombre de cuarenta años, obrero hábil, muy entendido en las cosas de su oficio, y que debía prestarnos importantes servicios.


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