La casa de vapor

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El fogonero se llamaba Kaluth. Era de esa clase de indios tan buscados por las compañías de ferrocarriles, que pueden soportar sin quejas el calor tropical de la India, aumentado con el de la caldera. Lo mismo sucede respecto de los árabes, a quienes las compañías de transportes marítimos confían este servicio durante la travesía del mar Rojo. Esta buena gente apenas se cuece donde los europeos se asarían en pocos minutos. También había sido la del fogonero una magnífica elección.

El ordenanza del coronel Munro era un indio de treinta y cinco años de edad, llamado Gumí, y de la raza de los gurkas. Pertenecía al regimiento que, para dar una prueba de buena disciplina, había aceptado el uso de las nuevas municiones que dieron ocasión, o a lo menos pretexto, a la rebelión de los cipayos. De corta estatura, activo, bien conformado y de una fidelidad a toda prueba, llevaba todavía el uniforme negro de la brigada de Rifles, al cual quería tanto como a su propio pellejo.

El sargento MacNeil y Gumí eran en cuerpo y alma dos fieles servidores del coronel Munro.

Después de haber combatido a su lado en todas las guerras de la India y de haberle ayudado en sus infructuosas tentativas para encontrar a Nana Sahib, le habían seguido a su retiro, resueltos a no separarse de él jamás.


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