La casa de vapor
La casa de vapor Nuestro mayor deseo hubiera sido que el coronel Munro nos siguiese durante las rápidas excursiones que hacíamos por las cercanías del campamento. Siempre en el momento de marchar se lo proponíamos, pero siempre se negaba a aceptar nuestra invitación y se quedaba con el sargento MacNeil. Ambos se paseaban entonces por el camino yendo y viniendo sin alejarse cien pasos. Hablaban poco, mas parecían entenderse perfectamente y no tenían necesidad de palabras para comunicarse sus pensamientos. Uno y otro estaban absortos en los tristes recuerdos que parecían indelebles. ¡Quién sabe si estos recuerdos no se reanimaban a medida que sir Munro y el sargento se acercaban al teatro de la sangrienta insurrección!
Evidentemente, alguna idea fija, que sabremos más adelante, y no el simple deseo de acompañarnos, era lo que había movido al coronel Munro a formar parte de esta expedición al norte de la India. Debo decir que Banks y el capitán Hod opinaban como yo en este punto; y así los tres, no sin cierta inquietud por el porvenir, nos preguntábamos si aquel elefante de acero que corría a través de las llanuras de la península, llevaría consigo los elementos de un terrible drama.
Encendíamos los cigarros.