La casa de vapor

La casa de vapor

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En otras épocas, el Behar formaba el imperio de Magadha. Era una especie de territorio sagrado en la época de los budistas, y está aún cubierto de templos y monasterios. Pero desde hace muchos siglos los brahmanes han sucedido a los sacerdotes de Buda; se han apoderado de los viharas, los explotan y viven de los productos del culto; y como acuden fieles de todas partes, hacen competencia a las aguas sagradas del Ganges, a las peregrinaciones de Benarés y a las ceremonias de Jaggernaut. En fin, puede decirse que el país es completamente suyo. Y es aquel un país riquísimo con sus inmensos arrozales, sus vastas plantaciones de opio, y sus innumerables aldeas diseminadas entre el verdor, sombreadas de palmeras, de mangos, de datileras, de taras, sobre las cuales la Naturaleza ha tendido como una red de bejucos. Los caminos que seguía la «Casa de Vapor» formaban otras tantas cañadas cubiertas de espeso follaje, y cuyo húmedo suelo mantenía una frescura agradable. Íbamos avanzando teniendo siempre a la vista el mapa, y sin temor de perdernos. Los bramidos de nuestro elefante se mezclaban con el concierto ensordecedor de las aves, y con los gritos discordantes de las manadas de monos. El humo que despedía en espesas volutas se extendía por los bananeros, cuyos dorados frutos se destacaban como estrellas en medio de ligeras nubes. A su paso se levantaban bandadas de avecillas de los arrozales, que confundían su plumaje blanco con las blancas espirales del vapor. Allá y acá grupos de bananeros, de plamplemusas, de dalhs, especie de guisantes arborescentes de un metro de altura, crecían vigorosamente, y servían de contrapunto a los paisajes que aparecían en segundo y último término.


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