La casa de vapor
La casa de vapor ¡Pero qué calor! Apenas entraba un poco de aire húmedo por las esteras de nuestras ventanas. Los vientos abrasadores, cargados de calor al acariciar las superficies de las vastas llanuras del oeste, cubrían el campo con su aliento de fuego. Ya era tiempo de que el monzón de junio viniese a modificar aquel estado atmosférico, porque nadie podría soportar los ataques de aquel gran sol de fuego sin exponerse a una sofocación mortal.
Así es que la campiña estaba desierta. Los mismos campesinos, aunque acostumbrados a los rayos abrasadores del sol, no podían entregarse a las tareas de la agricultura. El camino lleno de sombra era el único practicable, y esto a condición de recorrerlo al abrigo de nuestro bungalow portátil. Era preciso que nuestro fogonero Kaluth fuese, no diré de platino, porque de platino se fundiría, sino de carbono puro para no fundirse ante el fogón ardiente de su caldera. Pero el valiente indio resistía y había adquirido una segunda naturaleza viviendo en la plataforma de las locomotoras y recorriendo los ferrocarriles de la India central.