La casa de vapor

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—Sobre la tumba, sí —exclamó MacNeil—. Pero ¿es acaso una tumba ese pozo de Cawnpore donde tantas víctimas fueron precipitadas a montones? ¿Es ese un monumento funerario que se parezca a los que en los cementerios de Escocia, cuidados por manos piadosas, se conservan entre flores, a la sombra de hermosos árboles, con un nombre, uno solo, el nombre del ser que ya no existe? ¡Ah, señor Maucler! ¡Temo que el dolor de mi coronel sea espantoso! Pero, lo repito, ya es demasiado tarde para apartarle de ese pensamiento. Quizá si intentáramos variar la dirección se negara a seguirnos. Dejemos marchar los sucesos como van y que Dios nos conduzca.

Evidentemente, hablando así, MacNeil sabía a qué atenerse acerca de los proyectos de sir Edward Munro. Pero ¿me decía toda la verdad? ¿Era solo el deseo de visitar Cawnpore el que había decidido al coronel a salir de Calcuta?

De todos modos, procedía como bajo el impulso de un imán que le atrajese hacia el teatro donde se había desarrollado aquel terrible drama… Era preciso dejarle ir.

Pregunté entonces al sargento si, por su parte, había renunciado a toda idea de venganza. En una palabra, si creía que Nana Sahib hubiese muerto.


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