La casa de vapor
La casa de vapor Cuando llegamos a la parte del Falgú que baña la roca de Gaya, se desarrolló a nuestra vista el espectáculo de una prodigiosa aglomeración de peregrinos. Allí se codeaban en gran confusión hombres, mujeres, ancianos y niños, habitantes de las ciudades y de los campos, ricos labradores y pobres de la más ínfima categoría; los vaisías, mercaderes y agricultores; los ksatrías, guerreros del país; los sudras, pobres artesanos de sectas diferentes; los parias, que están fuera de la ley y cuya vista mancha los objetos sobre los cuales recae; en una palabra, todas las clases o todas las castas de la India; el rajput vigoroso, codeándose con el flaco bengalí, los hombres del Punjab, opuestos a los mahometanos de Scindia; los unos que habían viajado en palanquines; los otros que habían hecho el camino en carros tirados por grandes búfalos; unos tendidos cerca de sus camellos, cuya cabeza viperina se alargaba sobre el suelo; otros que habían llegado a pie de todas las partes de la península. Acá y allá se levantaban carretas desenganchadas y chozas hechas de ramaje, que servían de habitaciones provisionales a toda aquella multitud.
—¡Qué confusión! —dijo el capitán Hod.
—Las aguas del Falgú no serán agradables de beber cuando se ponga el sol —observó Banks.
—¿Y por qué? —pregunté yo.