La casa de vapor

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—Porque esas aguas son sagradas, y toda esa muchedumbre va a bañarse en ellas, como los gangistas se bañan en las aguas del Ganges.

—¿Y estamos nosotros río abajo? —exclamó Hod, tendiendo la mano en la dirección de nuestro campamento.

—No, mi capitán —respondió el ingeniero—; por fortuna, estamos río arriba.

—En hora buena, Banks; no quisiera que en fuentes tan impuras bebiese nuestro Gigante de Acero.

Entretanto, íbamos pasando por entre millares de indios que ocupaban un espacio muy pequeño para tan gran multitud.

Al principio hirió nuestros oídos un ruido discordante de cadenas y campanillas. Eran los mendigos que apelaban a la caridad pública.

Allí hormigueaban muestras diversas de esa cofradía truhanesca tan considerable en la península india. La mayor parte ostentaban llagas falsas como los mendigos de la Edad Media; pero si los mendigos de profesión en la India son, en su mayor parte, enfermos fingidos, también los hay fanáticos, y es imposible llevar la convicción, o mejor dicho, el fanatismo, más lejos de lo que ellos lo llevan.


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