La casa de vapor
La casa de vapor Había faquires casi desnudos cubiertos de ceniza: unos tenían el brazo anquilosado por una tensión prolongada; otros llevaban las manos atravesadas por las uñas de sus propios dedos; otros se habían impuesto la pena de medir con su cuerpo todo el camino que habían andado, tendiéndose en el suelo, levantándose, volviéndose a tender y caminando así centenares de leguas como si hubiesen servido de cuerda de agrimensor. Aquí, varios fieles, embriagados por el hang (opio líquido mezclado con una infusión de cáñamo), estaban suspendidos de las ramas de los árboles por ganchos de hierro introducidos en sus sobacos, y así se mecían y daban vueltas hasta que se les desgarraban las carnes y caían en las aguas del Falgú. Otros, en honor de Siva, con las piernas atravesadas y la lengua perforada por flechas, se hacían lamer por serpientes la sangre que corría de sus heridas.
Este espectáculo no podía menos de ser repugnante para un europeo. De manera que yo tenía enormes deseos de pasar lo más pronto posible para evitarlo, cuando Banks me detuvo diciendo:
—La hora de la oración.
En aquel momento un brahmán levantó la mano entre la multitud y la dirigió hacia el sol, que hasta entonces había estado oculto por la roca de Gaya.