La casa de vapor
La casa de vapor El primer rayo lanzado por el astro fue la señal para que la multitud semidesnuda entrase en las aguas sagradas. Hubo entonces simples inmersiones como en los primeros tiempos del bautismo, pero debo decir que no tardaron en cambiarse en verdaderos baños cuyo carácter religioso era difícil comprender. Ignoro si los iniciados, al recitar las eslocas o versículos que por un precio convenido les dictan los sacerdotes, pensaban más en lavar su cuerpo que en lavar su alma. Lo cierto es que, después de haber tomado agua en el hueco de la mano, de haber asperjado a los cuatro puntos cardinales, se echaban algunas gotas en el rostro, como los bañistas que se entretienen con las primeras olas en la playa. Debo añadir, por lo demás, que no se olvidaban de arrancarse a lo menos un cabello por cada pecado que habían cometido. ¡Cuántos habría allí que habrían merecido salir calvos de las aguas del Falgú!
Tales eran los movimientos acuáticos de aquellos fieles. Tantos eran los chapuzones que se daban; tanto lo que agitaban las aguas con los talones y los brazos como nadadores consumados, que los cocodrilos, asustados, huían hasta la orilla opuesta, y allí, con sus ojos fijos sobre aquella multitud ruidosa que invadía su dominio, contemplaban el espectáculo haciendo resonar el aire con el chasquido de sus fuertes mandíbulas. Los peregrinos no se cuidaban de ellos más que si hubieran sido inofensivos lagartos.