La casa de vapor
La casa de vapor —¿Qué quieres?
—Venga usted.
Conocà la voz de Banks y la del maquinista, que acababan de entrar en el corredor.
Me levanté instantáneamente y salà del cuarto. Banks y Storr estaban ya en la galerÃa anterior. El coronel Munro me habÃa precedido, y el capitán Hod no tardó en llegar también.
—¿Qué ocurre? —preguntó el ingeniero.
—Mire usted —respondió Storr.
Los primeros resplandores del alba permitÃan entonces observar las orillas del Falgú y una parte del camino que se extendÃa por un espacio de varias millas. Nuestra sorpresa fue grande cuando vimos muchos centenares de indios tendidos por grupos que obstruÃan las dos orillas del camino.
El ruido no procedÃa ni del agua ni del aire.
—Son nuestros peregrinos de ayer —dijo el capitán Hod.
—¿Y qué hacen all� —pregunté yo.
—Sin duda esperan a que salga el sol —respondió el capitán—, a fin de sumergirse nuevamente en las aguas sagradas.
—No —respondió Banks—, no es eso. Pueden hacer sus abluciones hasta en el mismo Gaya. Si han venido aquà es que…