La casa de vapor
La casa de vapor El recurso era bueno. Los fanáticos, azotados por los chorros de vapor, se levantaron dando gritos. Querían hacerse aplastar, pero no hacerse quemar.
La multitud retrocedió y el camino quedó libre. Entonces se abrió totalmente el regulador; las ruedas mordieron profundamente el suelo y comenzó la marcha.
—¡Adelante, adelante! —gritó el capitán Hod, palmoteando y riendo.
Y el Gigante de Acero, a paso rápido, desapareció en breve de la vista de la multitud absorta, como un animal fantástico en medio de una nube de vapor.