La casa de vapor

La casa de vapor

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Porque, inclinándome sobre la barandilla, había visto a una docena de aquellos fanáticos arrojarse al camino con evidente intención de hacerse aplastar bajo las ruedas de la pesada máquina.

—¡Atención, atención! ¡Retiraos! —gritaba Munro, haciéndoles señas para que se levantasen.

—¡Imbéciles! —gritaba a su vez el capitán Hod—. Creen que nuestro aparato es el carro del dios Jaggernaut, y quieren que les aplasten sus ruedas.

A una señal de Banks el maquinista cerró la introducción del vapor.

Los peregrinos, atravesados en el camino y tendidos en tierra, parecían decididos a no levantarse. A su alrededor, la multitud fanatizada lanzaba gritos de aprobación y les animaba con sus voces.

La máquina se había detenido. Banks no sabía qué hacer para salir de aquella dificultad.

De pronto, se le ocurrió una idea.

—Veamos —dijo.

Abrió inmediatamente el grifo de los limpiadores de cilindros y salieron inmensos chorros de vapor al nivel del suelo, mientras que el aire resonaba con silbidos estridentes.

—¡Bravo, bravo! —exclamaba el capitán Hod—. Azótales bien, amigo Banks, con vapor ardiente.


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