La casa de vapor

La casa de vapor

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—Estamos en presión, Munro —dijo Banks.

—En marcha, Banks —respondió el coronel—, pero con prudencia, para no aplastar a nadie.

Ya era casi día claro entonces. El camino, que sigue la orilla del Falgú, estaba enteramente ocupado por la muchedumbre de devotos, poco dispuesta a dejarnos pasar.

En estas condiciones no era cosa fácil marchar sin aplastar a nadie.

Banks dio dos o tres silbidos, a los cuales los peregrinos respondieron con frenéticos aullidos.

—¡Separaos, separaos! —gritó el ingeniero, mandando al maquinista que abriese un poco el regulador.

Oyéronse los mugidos del vapor que se precipitaba en los cilindros. La máquina se movió hasta que las ruedas dieron media vuelta, y un denso chorro de humo blanco salió de la trompa del elefante.

La multitud se había separado un instante. El regulador se abrió a medias; se aumentaron los relinchos del Gigante de Acero, y nuestro tren comenzó a moverse entre las filas apiñadas de los indios, que no parecían dispuestos a ceder el sitio.

—Banks, tenga usted cuidado —exclamé yo de repente.


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