La casa de vapor

La casa de vapor

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Eran las tres y media de la mañana y se necesitaba media hora, todo lo más, para que la máquina estuviese en presión. Se encendió el hornillo; la leña chispeó en el hogar y un humo negro se escapó de la gigantesca trompa del elefante, cuya extremidad se perdía en las ramas de los grandes árboles. En aquel momento algunos grupos de indios se acercaron y hubo un movimiento general en la multitud, que se acercó más y más a nuestro tren. Los que estaban en las primeras filas levantaban los brazos al aire extendiéndolos hacia el elefante; otros se inclinaban, se arrodillaban o se prosternaban hasta tocar con la cabeza en el polvo. Aquella era evidentemente una adoración llevada al último grado.

El coronel Munro, el capitán Hod y yo estábamos en la galería, bastante intranquilos, sin saber adónde iría a parar aquel fanatismo. MacNeil se había asomado también y lo observaba todo en silencio. Banks había ido a situarse con Storr en la torrecilla que llevaba el enorme animal, y desde la cual podía maniobrar a su voluntad.

A las cuatro la caldera produjo un ronquido sonoro, que sin duda los indios debían de tomar por el gruñido irritado de aquel elefante sobrenatural. En aquel momento el manómetro indicaba una presión de cinco atmósferas, y Storr hacía escapar el vapor por las válvulas como si hubiese transpirado por la piel del gigantesco paquidermo.


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