La casa de vapor
La casa de vapor Storr nos contó que algunas veces había visto trenes correr sobre los carriles en medio de una doble muralla de polvo luminoso, y Banks confirmó lo dicho por el maquinista. Durante un cuarto de hora pude yo observar muy claramente este singular fenómeno desde el interior de la torrecilla, que dominaba el camino en una extensión de cinco a seis kilómetros. El camino, sin árboles, estaba lleno de polvo calentado hasta el blanco por los abrasadores rayos del sol. En aquel momento me pareció que el calor de la atmósfera era superior al del fogón de la máquina, calor verdaderamente insoportable, y cuando acudí a respirar un aire más fresco bajo el impulso de las ondulaciones de la punka, estaba medio sofocado.
Por la tarde, hacia las siete, la «Casa de Vapor» se detuvo. El sitio de alto elegido por Banks fue la entrada de un bosque de magníficos bananeros, que parecía extenderse hasta el infinito hacia el norte. Un hermoso camino lo atravesaba y nos prometía para el día siguiente un trayecto más fácil bajo altas y grandes bóvedas de follaje.