La casa de vapor
La casa de vapor Nuestra conversación duró hasta cerca de las ocho. De vez en cuando, Banks se levantaba e iba a tomar una vista más extensa del horizonte que cortaba la llanura a menos de un cuarto de milla del campamento. Siempre que volvía movía la cabeza de un modo poco tranquilizador. La última vez le acompañamos. Ya empezaba a oscurecer bajo la cubierta de los bananeros. Al llegar al extremo del bosque, vi que se extendía hacia el oeste una inmensa llanura que terminaba en una serie de cerros cuyas formas se distinguían vagamente, y se confundían con las nubes.
El aspecto del cielo era terrible en medio de su tranquilidad. Ningún soplo de viento agitaba las altas hojas de los árboles; pero no era aquel el reposo de la Naturaleza dormida que los poetas han cantado con tanta frecuencia; era, por el contrario, un sopor pesado y enfermizo. Parecía como si hubiera una tensión en la atmósfera, y no puedo comparar el espacio más que con la caja de vapores de una caldera cuando el fluido, comprimido, está pronto a estallar.
La explosión era inminente.