La casa de vapor

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Mientras tanto, por orden de Banks, los fuegos, en vez de apagarse completamente, se conservaron en el fondo del fogón, de manera que pudiéramos tener una o dos atmósferas de presión en la caldera. El ingeniero quería estar pronto para atender a todos los acontecimientos que pudieran sobrevenir.

Storr y Kaluth se ocuparon en reponer el combustible y el agua. Un arroyuelo que corría a la izquierda del camino les suministró el líquido necesario, y los árboles inmediatos, la leña que necesitaban para cargar el ténder. Entretanto, monsieur Parazard se entregaba a sus ocupaciones habituales, y, recogiendo los restos de la comida del día, meditaba sobre la del día siguiente.

Había aún bastante claridad, y el coronel Munro, Banks, MacNeil y yo la aprovechamos para sentarnos a orillas del arroyuelo. La corriente de aquella agua límpida refrescaba la atmósfera, que era muy sofocante aún a aquella hora de la tarde. El sol no se había ocultado todavía; su luz teñía de un color oscuro la masa de vapores que se iban acumulando poco a poco en el cénit, y que se veían a través de los claros del follaje. Eran nubes espesas condensadas, que no parecían movidas por ningún viento, sino, al contrario, tener en sí mismas el impulso.


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