La casa de vapor

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Capítulo XIV

Ya nos faltaban pocos días para subir las primeras rampas de las regiones septentrionales de la India, que de una en otra, de cerro en cerro, de montaña en montaña, llegan hasta las mayores alturas del Globo. Hasta entonces el suelo no presentaba un desnivel muy acentuado y nuestro Gigante de Acero no parecía notar que el terreno se iba elevando poco a poco.

El tiempo estaba tempestuoso y, sobre todo, lluvioso; pero la temperatura se mantenía en un término medio soportable. Los caminos todavía no estaban malos y resistían bien a las ruedas del tren, no obstante lo pesado que era. Cuando hallábamos algún bache profundo, una ligera presión de la mano de Storr sobre el regulador daba un impulso mayor al fluido obediente y bastaba para vencer el obstáculo. No faltaba fuerza a nuestra máquina, como es sabido, y un cuarto de vuelta impreso a las válvulas de introducción aumentaba aquella fuerza en varias decenas de caballos de vapor.

A la verdad, hasta entonces no teníamos motivos más que para felicitarnos, lo mismo del género de locomoción, que del motor que Banks había adoptado, y de la seguridad que ofrecía nuestra casa portátil, siempre en busca de nuevos horizontes, que se modificaban incesantemente a nuestra vista.


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