La casa de vapor
La casa de vapor Ya no estábamos en aquella extensa llanura que se extiende desde el valle del Ganges hasta los territorios del Oude y del Rohilkhande. Las cimas del Himalaya formaban hacia el norte un festón gigantesco, sobre el cual venían a estrellarse las nubes, barridas por el viento del suroeste. Era imposible todavía ver bien el perfil pintoresco de una cordillera que se destacaba a unos ocho mil metros sobre el nivel del mar; pero al acercamos a la frontera del Tibet el aspecto del país era más agreste y los matorrales invadían el suelo y hasta los campos cultivados.
Tampoco la flora de aquella parte del territorio indio era la misma. Ya no había palmeras, que habían cedido el lugar a esos magníficos bananeros, y a esos mangos de espesa copa, que dan el mejor fruto de la India, y más particularmente a los grupos de bambúes, cuyas ramas se elevan hasta 100 pies por encima del suelo. Allí también aparecían magnolias de grandes flores, que saturaban el aire de perfumes penetrantes; arces soberbios, encinas de varias especies, castaños de frutos erizados de púas, árboles de goma, cuya savia corría por entre sus venas entreabiertas, pinos de grandes hojas de la especie de los pandanos, y, por último, rododendros, laureles de tamaño más modesto, pero de más brillantes colores, dispuestos en platabandas a uno y otro lado del camino.