La casa de vapor

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Pero antes de emprender nada, convenía fijarse en el país a fin de influir eficazmente sobre las poblaciones en la medida que las circunstancias lo permitieran. De aquí la necesidad de un asilo seguro, a lo menos por el momento, sin perjuicio de abandonarlo cuando llegara a suscitar sospechas.

Tal fue el primer cuidado de Nana Sahib. Los indios que le habían seguido desde Adyuntha podían ir y venir libremente por toda la presidencia, y hasta Balao-Rao, de quien nada decía el aviso del gobernador, hubiera podido gozar de la misma inmunidad, a no ser por la semejanza que tenía con su hermano.

Desde su fuga a las fronteras del Nepal, nadie se había fijado en su persona, y había motivos para creerle muerto; pero, confundido con Nana Sahib, hubiera podido ser preso, y era preciso evitarlo a toda costa.

Así, pues, era necesario un asilo único para los dos hermanos, unidos en el mismo pensamiento y que aspiraban al mismo fin. Y era muy fácil encontrar este asilo en los desfiladeros de los montes Satpura.

Un gund de su escolta, que conocía el valle hasta en sus más profundos retiros, se lo indicó.

A la orilla derecha de un pequeño afluente del Nerbudda se hallaba un pal abandonado, llamado el pal de Tandit.


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